1.4 ¿La inteligencia artificial es inteligente?
«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».
Ludwig Wittgenstein
Los ordenadores, y otros tipos de dispositivos electrónicos, llevan décadas realizando tareas que los humanos no somos capaces de realizar. La calculadora de bolsillo más básica es capaz de ejecutar una operación matemática que a cualquier humano le llevaría una cantidad considerable de tiempo. Sin embargo, a nadie se le ocurre decir que una calculadora sea "inteligente", ni mucho menos que es más inteligente que un ser humano. Esta capacidad de utilizar algoritmos para realizar tareas mecánicas de forma precisa y fiable se extiende a otros muchos campos, desde la ingeniería hasta la elección de la próxima serie que veremos en nuestra plataforma de streaming. A nadie se le había ocurrido pensar hasta ahora, sin embargo, que una secuencia ordenada de pasos e instrucciones para realizar un cálculo pudiera «cobrar conciencia de repente», una posibilidad que sí concedemos a los últimos modelos de IA.
Antes de profundizar en este problema debemos preguntarnos qué es la inteligencia. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define “inteligencia”, en su primera acepción, como la «Capacidad de entender y comprender». La segunda acepción ofrece una definición un poco distinta e identifica la inteligencia con la «Capacidad de resolver problemas», una definición que de algún modo se ciñe más a la etimología del término, relacionada con la idea de «elegir entre varias opciones». Podríamos pensar que una calculadora tiene la «capacidad de resolver problemas», siempre y cuando consideremos que una operación matemática es un problema en sí mismo (y lo es, sin duda, para muchas personas). El algoritmo de la plataforma audiovisual, por otra parte, ofrece la posibilidad de «elegir entre varias opciones», una capacidad, por otra parte, que podríamos llegar a atribuir a cualquier mecanismo de generación aleatoria de números, por ejemplo un dado. Pero tampoco diríamos que estas capacidades hagan que la calculadora o la plataforma sean «inteligentes», y es evidente que su mecanismo de funcionamiento es completamente bdistinto (para empezar, la calculadora no comete los errores de apreciación que tanto nos intrigan en la oftera «personalizada» de canciones o de películas).
¿Y los LMM? ¿Hasta qué punto podemos considerar que son «inteligentes»? Veamos un ejemplo en el que se hace una pregunta sencilla, de «sentido común», a una de las últimas versiones del chatbot más popular:
Como vemos, el LLM falla de forma estrepitosa (y cómica) en su respuesta.
La clave está en el lenguaje y nos remite de nuevo a la primera definición del diccionario de la Academia, esa que nos habla de la «capacidad de entender y comprender».
