2.5 Afectos y vínculos en la era del algoritmo
Afectos y Avatares en la Era de la Hiperconexión
La identidad individual humana se forja en el contacto con "el Otro", en esa presencia física, a veces incómoda, que nos obliga a negociar nuestra existencia. Sin embargo, la llegada de la era digital ha instaurado un nuevo régimen de visibilidad y relación. Hoy los vínculos no solo se mantienen a través de cables de internet sino que se transforman estructuralmente bajo la lógica del bit. El soporte ha transformado la esencia de estos vínculos.
Del Vínculo Sólido a la Conexión Líquida
Para entender qué nos está pasando, es inevitable acudir a Zygmunt Bauman. En la modernidad líquida, el individuo habita un mundo donde los objetos son diseñados para ser usados y desechados. Bauman traslada esta observación a la esfera afectiva: en el entorno digital, el "Otro" deja de ser un sujeto con el que se construye una historia y pasa a ser un recurso de satisfacción inmediata.
Lo que define a la socialización en la era de los avatares no es la profundidad, sino la facilidad de desenganche. En el mundo analógico, distanciarse de alguien implica una negociación, un enfrentamiento cara a cara o una explicación; hay una "densidad" social que nos retiene. En el ecosistema digital, esa densidad se evapora.
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La desaparición de la fricción: Al interactuar a través de representaciones digitales, el costo de abandonar a alguien es prácticamente cero. El ghosting o el bloqueo no son solo gestos de mala educación; son herramientas de la liquidez que permiten al individuo mantener su autonomía absoluta.
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La ilusión de control: Sentimos que tenemos el mando sobre nuestra vida social porque podemos "editar" nuestra presencia y "borrar" la presencia ajena sin dejar rastro físico.
El resultado es un estado de hiperconexión precaria: estamos rodeados de contactos, pero habitamos una soledad asistida por algoritmos.
El Avatar: El Laboratorio de Identidad y la Trampa de la Perfección
La introducción del avatar (ya sea una imagen de perfil cuidadosamente curada o un modelo 3D en el metaverso) ha alterado nuestra autoimagen. Sherry Turkle, en su obra Alone Together Why We Expect More from Technology and Less from Each Other, analiza cómo hemos pasado de usar la tecnología para explorar nuestra identidad a usarla para escondernos.
El avatar funciona como un "filtro" existencial. En la interacción física, el cuerpo es traicionero: sudamos, sufrimos, tartamudeamos, mostramos signos de cansancio o vejez. El avatar, en cambio, es una construcción estética bajo nuestro control total. Esto generapuede llegar a generar lo que los psicólogos llaman el Efecto Proteo: no solo creamos al avatar, sino que el avatar nos moldea a nosotros. Si mi representación digital es exitosa, joven y asertiva, mi yo real empieza a sentirse insuficiente.
El Efecto Proteus es un fenómeno en que el comportamiento de un individuo, dentro de mundos virtuales, cambia y se adapta a las características de su avatar. Este cambio se debe a que el individuo sabe que otros usuarios de aquel entorno virtual típicamente asocian ciertos comportamientos con aquellas características. El nombre del concepto es una alusión al dios griego Proteo, quien tenía la habilidad de cambiar de forma. El efecto fue introducido por Jim Blascovich, Nick Yee y Jeremy Bailenson en junio de 2007. Está considerado una área de investigación sobre los efectos en el comportamiento provocados por el cambio del avatar de un usuario.
Efecto Proteus. Wikipedia
Byung-Chul Han y "El Infierno de lo Igual"
El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han ofrece quizás la visión más crítica y lúcida sobre este fenómeno. En La expulsión de lo distinto, Han sostiene que la digitalización ha eliminado la "alteridad". En las redes sociales, solo interactuamos con lo que nos gusta, lo que se nos parece o lo que el algoritmo decide que es compatible con nosotros.
Esto tiene un efecto devastador en la socialización, debido a la desaparición del prójimo: El otro ya no es alguien que me interpela o me contradice, sino un objeto de consumo o un espejo de mis propios deseos. También tiene efectos psicoñógicospsicológicos como la autoexplotación del yo: No nos comunicamos para compartir, sino para "exhibirnos". La autoimagen se convierte en una mercancía. Nos convertimos en los directores de marketing de nuestra propia vida, midiendo nuestro valor en likes y métricas de engagement. Es lo que se llama el personal branding.
Para Han, esto no es comunicación, sino "ruido". La verdadera cercanía requiere el silencio, la mirada y, sobre todo, la vulnerabilidad que la pantalla anula.
¿Hacia dónde vamos?
A pesar de estas críticas, sería injusto ignorar que la virtualidad también ha permitido formas de comunidad antes impensables. Grupos de apoyo para enfermedades raras, redes de activismo global o espacios de refugio para identidades marginalizadas encuentran en el avatar y la pantalla una protección necesaria. Por raro que seas, es difícil que no encuentres a los tuyos en internet.
Sin embargo, el reto del siglo XXI es la reclamación de lo analógico. No se trata de abandonar la tecnología, algo ya imposible e indeseable, sino de entender que la socialización digital es una extensión, no un sustituto, de la experiencia humana. Hemos pasado de una socialización basada en la proximidad física a una basada en la disponibilidad digital. La transformación de nuestra autoimagen a través de avatares nos ha dado un poder creativo inmenso, pero nos ha quitado la paz de ser imperfectos.
Nos encontramos, por tanto, con un dilema. Por un lado esta revolución nos permite crecer, encontrar a los que mas se nos parecen, añade muchos grados de libertad a nuestras conexiones y vivencias. Por otro, eleva nuestra autoexigencia y nos encierra en una rueda del hamster de la perfección que nos hace vivir sin la tranquilidad que requiere la felicidad y la profuncidad afectiva. Porque el afecto real, ese que nos sostiene en las crisis y nos hace volar en los buenos momentos, sigue necesitando de algo que el bit no puede replicar: la aceptación de nuestra vulnerabilidad y la presencia del cuerpo en la interacción cara a cara.
Por tanto, uno de los desafíos de nuestra tiempo es aprender a habitar la red sin dejar de habitar nuestro propio cuerpo. Aceptar que también somos primates. Debemos evitar que el "espejo negro" de nuestras pantallas se convierta en el único lugar donde somos capaces de reconocernos.
Un influencer virtual es un personaje digital creado mediante inteligencia artificial, gráficos por ordenador o técnicas de animación, que actúa en redes sociales como si fuera una persona real: publica contenido, colabora con marcas e interactúa con seguidores. Un ejemplo conocido es iaia Vicenta.
Dentro de este fenómeno también se utilizan otros términos relacionados:
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Influencer virtual: el término más extendido para personajes digitales en redes.
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Influencer de IA: enfatiza que el personaje se genera o gestiona con inteligencia artificial.
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Avatar digital o personaje sintético: términos más generales para identidades digitales creadas artificialmente.
Un caso muy conocido a nivel internacional es Lil Miquela, uno de los primeros perfiles virtuales que alcanzó millones de seguidores.
En el ámbito académico y mediático, estos perfiles suelen analizarse como parte de fenómenos como la cultura de los avatares, el marketing digital basado en IA y los “humanos sintéticos”, ya que simulan identidades humanas creadas artificialmente para interactuar en entornos sociales digitales.
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NOTAS
relaciones humanas y la ia; y poner ahí todo el tema de amigchis y novias virtuales, necromancia digital, consultas psicológicas, influencers virtuales..
